Nuevos pasos y más retos: un niño frente a la ciudad

Hoy pasó algo nuevo. Mi hijo me dijo, al salir de casa, que él quería ir solo al colegio. El colegio de mi hijo está a unos cinco minutos caminando, bordeando un riachuelo muy bucólico –no tanto bajo la lluvia, es cierto- y en un barrio donde los coches van despacio y con cuidado, pero hay tranvía, hay bicicletas, hay perros de la correa de sus amos, hay obras de esas que no se acaban nunca en una acera, hay algún vagabundo que duerme en un banco. Es una ciudad, al fin y al cabo. En Alemania los niños acostumbran a ir solos al colegio, en grupitos que se encuentran, y los vemos siempre pasar con sus pesadas mochilas. Los vemos pasar todos los días mientras mi hijo va en su patinete y yo corro detrás para alcanzarle. Recuerdo que con ocho años, yo también iba ya sola al colegio. Quedaba con mi amiga Elena, y ahí que nos íbamos codo con codo, charlando, riéndonos, a veces un poco a la carrera, hasta nuestro colegio.

Pero con los propios hijos siempre cuesta más eso de dejarles dar pasos solos. Una no deja de verlos vulnerables y quizás no muy capaces de solucionar un problema si surge. Por otra parte, cuando un hijo dice “quiero hacer esto ya solo”, creo que es el momento de pensar si se puede confiar o no en él, y darle la oportunidad. Hacerlo conlleva riesgos, es cierto. Pero no hacerlo va en detrimento de su propia autoconfianza. Mi hijo me ha mirado a los ojos y me ha dicho: “No soy un bebé, todos los niños de mi edad van ya solos”. Y he pensado que es cierto, que casi todos van solos salvo mi hijo.

Esta escena supongo que la pueden compartir todos los padres. En el caso de mi hijo me siento muy sola en esta ciudad pues no tengo con quién comparar, con quién comentar. Mi hijo tiene ocho años, es capaz de hacer muchísimas cosas, pero yo no dejo de pensar que se puede despistar, que quizás no vea el semáforo en rojo, que quizás unos chicos más grandes le quieran hacer daño, que quizás él malinterprete el gesto de un viandante, que un perro le asuste. Mi hijo es el más grande de su clase y va a en su patinete a una velocidad supersónica. Mi hijo quiere ser siempre el primero en todo. Mi hijo hace carreras cuando va en bicicleta contra hombres adultos que hacen ciclismo y pasan a velocidad de la luz con sus cascos. Pero mi hijo sabe que ya tiene edad de ir solo al colegio, y le empieza a dar vergüenza que su mamá se despida de él todos los días con un beso y diciéndole (bastante alto, lo reconozco) todo lo que lo quiere. Creo, sinceramente, que todo esto es una muy buena señal.

Porque mi hijo crece, y yo tengo que aceptar que no voy a poder estar siempre a su lado vigilando todo movimiento, defendiéndole de todos los molinos, de los gigantes o de los dragones. Tengo que inventar de nuevo algo para que mi hijo pueda dar pasos hacia su autonomía llevado por su propio impulso, pero sin perderle yo de vista para que todo vaya bien.

He pensado en la maravillosa novela “Tan fuerte, tan cerca”, de Jonathan Safran Foer, y en su también magnífica adaptación al cine. Oskar Schell ha perdido a su padre en los atentados del 11-S, y busca su último rastro por Nueva York. Eso hace que con ayuda de unos mapas, de algunas pistas, etcétera, atraviese por metro o por tierra las calles y los barrios de la gran ciudad. Una se pregunta cómo dejan a este niño tan especial, tan como mi hijo realmente, andar solo por la metrópolis, pero todo es cuestión de inventiva y de mucho amor, como se verá.

Inventiva y amor. De nuevo la mezcla de maternidad a la que estoy abocada, he pensado. He optado por escribirle su nombre y mi móvil en una tarjeta plastificada que lleve siempre encima. He optado por hacer el camino detrás de él, pero minutos después, para cerciorarme de que ningún camión le salió al paso. Tengo que seguir pensando en más cosas, porque he optado por hacer de tripas corazón y confiar en que puede caminar solo al colegio como hacen sus compañeros. Sé que habrá algún tropiezo. Imagino que algún día no podré controlarme y me iré detrás de él camuflada entre los árboles. Pero no puedo olvidar algo: Él puede con todo, me lo está demostrando día a día. Supongo que tengo que aprender de él a ser yo misma un poquito más valiente.

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